Fences

Sergio Beeche Antezana
Sergio Beeche Antezana

 

 

Hay maneras diferentes de adaptar textos teatrales al cine. Los acercamientos posibles se vuelven un ejercicio de encontrarle una nueva voz y visión —sin comprometer la esencia del original— a una historia ya existente. Sucede mucho con los musicales que, por lo general, vienen del teatro más expresivo, melódico y bailarín; una manera de acercar el género a un público más amplio y observarlo con otros ojos (eso sí: no todas las adaptaciones de musicales son exitosas). Por otro lado, las obras dramáticas —puestas en escena— son menos comunes de ver en reinterpretaciones cinematográficas (igual: no todas de la misma calidad). Sucede ahora con el intento de este año: Fences.

Unos cuantos años atrás, otras películas se han atrevido a explorar ese estilo tan teatral que se hace muy evidente al narrar en el cine. La sublime Doubt, el cine de buen experimento de Roman Polanski en Carnage y Venus in Fur y la familiar August: Osage County son algunos ejemplos de la manera en que el sustento de diálogos muy alargados funciona en armonía con las imágenes. Y aunque se mantenga la acción casi siempre en un mismo lugar, el desarrollo de la historia específica nunca cansa. Interviene un importante uso de la cámara y montaje inteligente para darle dinamismo al relato.

Fences

Con Fences (Barreras), Denzel Washington dirige el retrato de un matrimonio feliz en los barrios bajos de Pittsburgh en 1950. La mentalidad cerrada del personaje principal y la sigilosa figura de la esposa representan y demuestran bien una película de pura actuación. Fácil: Denzel y su coprotagonista, Viola Davis, brillan y son monumentales en sus correspondientes papeles. Estas dos actuaciones llegan a niveles increíbles de intensidad que sacan a flote las contradicciones y profundos defectos de estos personajes. Son dignos de admirar.

De ahí, Fences se restringe a la hora de sacar a flote el resto de la película. Hay poca diferenciación entre momentos teatrales claramente tomados de la obra original. Donde la limitación espacial de la obra misma, que se centra en el patio trasero de una casa, es la mayor ventaja para que la historia funcione y se sienta parte de este núcleo que el autor original quiso enmarcar. Pero es la mayor desventaja cuando se pretende no aburrir con el espacio; más bien, se vuelve cajonero en el intento de traspasar el teatro al cine.

No hay queja alguna de la cantidad de diálogos. Las conversaciones largas pueden hacer interesante una película. A veces, incluso, muchas palabras rebuscadas pueden mostrar diversidad de voces para profundizar personajes o para exponer cierto pasado sin recurrir a filmar secuencias aparte. Pero en Fences, los diálogos solo parecen alargarse y alargarse y alargarse sin necesidad alguna. Hay varios momentos que podrían eliminarse y el filme resultaría más poderoso y de peso dramático, evitando su excesiva duración.

Fences

Sucede un poco peor con la dirección. Aquí, como para no resultar estático y monótono, Washington desplaza la cámara siempre. Siempre. Es un movimiento muy tenue y sutil, que pretende dinamizar las escenas continuas y cargadas de diálogos. Pero es una constante que resulta poco eficiente, forzada y hasta artificial, especialmente en los pocos momentos más callados del filme. No hay suficientes secuencias en las que se aproveche la historia dentro de la riqueza de sus personajes, solo un ejercicio convencional de trasladar, sin encontrar esa nueva voz, la obra teatral original.

Fences es, al final, sobre las contradicciones humanas que residen en un matrimonio casi convencional de la época (los roles de género son los mismos en negros y blancos). Más allá de denunciar algo, el objetivo podría ser un acercamiento a entender la naturaleza (molesta y anticuada) de este personaje que muchos hombres aún llevan dentro. Ni su ascenso en el trabajo lo salva. Las posiciones de ambos quedan definidas y expuestas en acciones más que por lo que dicen. Entonces, a través de tanto diálogo, queda diluido el pequeño subtexto que se puede rescatar. Este, por su parte, difícilmente sobresale ante la acerada fuerza de las actuaciones, que no lo es todo cuando se trata de ejecutar el ingrato ejercicio de la adaptación.

 

Calificación: 6

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