En defensa del musical

Sergio Beeche Antezana
Sergio Beeche Antezana

 

 

¿Por qué vemos películas? ¿Es, acaso, para olvidar el estrés diario de la vida rutinaria? ¿El escape de algún problema que nos aqueja? ¿Para viajar a mundos fantásticos, desconocidos o más allá de la propia imaginación?

Sea cual sea la razón, el espectador busca, por lo general, una ficción que se aparte del mundo en el que vive. No siempre se desea “disfrutar” con un drama de realidad o algo que evoque sentimientos de angustia o frustración. Y aunque esos acercamientos más crudos (sea en dramas o documentales) tienen su total validez y maneras de verse para dar algo a conocer o denunciar, la mayoría de las personas quiere salir y dejarse atrapar por cierta “irrealidad” que puede aceptar como “realidad” mientras se sienta en la butaca del cine o en la comodidad del sillón de la casa.

Nine
Nine

Entonces, si se aceptan y/o admiten volteretas, choques, puñetazos, magia, bichos raros, criaturas diabólicas, viajes en el tiempo, contactos con extraterrestres, viajes intergalácticos, súper poderes, ¡escobas voladoras!, ¿por qué es tan difícil aceptar que alguien, de repente y sin previo aviso, comience a cantar una canción? Una canción sobre lo que está sintiendo, lo que esté pensando, lo que quisiera conseguir, lo que desee alcanzar en su vida. Aunque no se admite mucho —o se mira de reojo con juzgamiento o burla—, es algo que, les aseguro, casi todo el mundo ha querido hacer, en especial si van por la calle con los audífonos puestos. Es algo así como sentirse identificado con una tonada, cierta melodía que exprese los sentimientos del momento, y ponerse a gritarla, por ejemplo, durante las horas que se está atascado en el tráfico.

Siendo la música una parte tan vital, intrínseca y cotidiana de la vida humana, parece un poco contradictorio que las audiencias encuentren incómodo y hasta poco verosímil (¡Ja!) que alguien comience a cantar en lugar de sacar una pistola o un cuchillo para herir a alguien. O que se prefiera creer que hay una casa embrujada que hará daño a quienes se muden en ella a encontrar a un grupo de gente bailando en la calle y unírseles, aunque sea solo para seguir el ritmo. ¿Por qué negar o torcer los ojos a una expresión tan pura de felicidad o, aún más allá, de tristeza? Es parte de un mundo imaginado que se ve en los musicales, uno que tiene esa única excepción a la regla: la canción.

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West Side Story

Esos números extravagantes, pintorescos y llenos de energía son parte de esa propia realidad que se ve en los musicales. Es un mundo que solo tiene esa única excepción a la regla de una comedia o un drama: cantar lo que se está pensado, sintiendo o los diálogos que se quieren decir. ¿Y qué si es en versos bien planeados y luego una buenísima coreografía? Todos hemos estado en un video musical en nuestras mentes, por más que haya sido improvisado o en la cómoda soledad de cada uno.

El musical es sobre tomar los altos y bajos de la vida y entregarlos al universo a través de sonidos, ritmos y melodías. El gozo de encontrar una canción apropiada y poder expresarla al mundo sin tapujos o con la libertad total sin condicionamientos. Así como la música ayuda a que se libere la dopamina, la cual hace que el ser humano se sienta feliz por la anticipación, la sorpresa y el alivio. Son pequeños clímax que vienen incorporados a una historia más grande que debería tener su culminación en el número final. Se trata de historias que aspiran a algo que todos llevamos dentro y no tienen miedo de expresarlo mediante el fantástico arte que es la música. Mezclemos eso con danza o cine y nace la explosión de estilo, ingenio y creatividad.

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The Sound of Music

Y a lo largo de los años, a pesar de haber decaído en popularidad (y un poco en calidad), la exactitud de este género no pierde validez en los temas que representa. Aunque parezca poco, la lista de musicales sigue creciendo con cada año que pasa.

Singing in the Rain, Siete Novias para Siete Hermanos, Oklahoma, Cabaret, Funny Girl, My Fair Lady, West Side Story, The Sound of Music, Mary Poppins, Chicago, Nine, El Fantasma de la Ópera, Los Miserables, Hairspray, Into The Woods, por mencionar algunos que han sido llevados al cine (es más: las películas animadas con canciones, son, por naturaleza, musicales). Pero hay una inmensa cantidad que son de teatro musical puro que aún viven y siguen teniendo éxito en Broadway: The Book of Mormon, Newsies, Kinky Boots, Spring Awakening, A Gentleman’s Guide to Love and Murder, Fun Home, Waitress y Hamilton, entre muchas más. Incluso se ha abierto paso en la televisión a las historias con números musicales: series como Glee, Smash, Empire, Galavant y Crazy Ex–Girlfriend son vivos ejemplos de que el musical puede verse como manera de contar algo semanalmente y con tintes de comedia o drama.

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Oklahoma
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Funny Girl

Si bien es un poco más aceptado que se cante dentro de una obra de teatro, al existir cierta inmediatez y cercanía que en la impersonalidad de las películas, el principio es el mismo. No hay por qué ver mal —o sin gusto— una acción dramática que se desarrolle entre melodías. Si bien muchas estructuras (o canciones) pueden no funcionar dentro de las narraciones mismas, el aspecto por el cual es rechazado el musical no tiene mayor peso fuera del “no me hace gracia” de muchas personas.

Entonces, ¿por qué hacer un musical en primer lugar? ¿Qué hace que todavía exista público que se emocione al verlos? Por la intimidad que tiene una melodía con la persona que la escuche. Además de ser parte de algo exterior que se disfruta y hasta une; algo adentro de cada quien que se mueve y estremece cuando puede expresar esa manera pura de felicidad hacia y desde las emociones humanas más intensas e interesantes.

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Glee

Por eso, la próxima vez que se encuentren este género en la tele o decidan ir a ver alguna obra teatral cantada o, incluso, que vayan a disfrutar el venidero estreno de La La Land (con muchas posibilidades de ser muy premiado), obsérvenlo con otros ojos, otros oídos y una idea más abierta de lo que significa y representa el cantar los sentimientos que acogen a los personajes. Esos que, por una u otra razón, nos representan a todos en sueños, anhelos y deseos mientras se entonan y afinan los maravillosos momentos que transcurren durante un musical.

Chicago
Chicago

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