Justin Timberlake + the Tennessee Kids

Sergio Beeche Antezana
Sergio Beeche Antezana

 

 

Muchas veces escucharán que el cine puede llegar a ser más que solo narración o una historia concreta. Cuando se habla de películas que hay que sentir antes de racionar puede ser salida fácil por no haber entendido algo o porque el proyecto es demasiado prepotente. Y (al menos en mi caso) muy pocas veces puede decirse que un filme es una completa experiencia —abstracta, si se quiere— que transporte al espectador mientras observa la pantalla. Pero fue lo que me pasó, nada más y nada menos que, con el nuevo filme que Netflix agregó a su catálogo, Justin TImberlake + the Tennessee Kids. ¡Un concierto! Se trata de la última noche (enero del 2015 en Las Vegas) de la gira mundial de Justin Timberlake de su disco doble del 2013, con el ya presuntuoso título The 20/20 Experience.

Si se es seguidor del cantante o si no se disfruta de su música del todo, este docu-concierto (en inglés, una concert movie) puede disfrutarse de todas maneras pero por el nivel técnico que mantiene el director a la hora de montarlo, justamente, como una experiencia fílmica. Jonathan Demme, consigue realzar al máximo lo que podría verse como un concierto de excelente producción, pero común y corriente a fin de cuentas (no sabemos cómo fue en vivo). Sin agregarle prácticamente nada tras bambalinas, Demme deja que la producción “cante” por sí misma mientras él se centra en cuidar cada segundo con su maestría detrás de la cámara.

La inmersión comienza al introducirnos a cada uno de los miembros de la banda, los Tennessee Kids, para que podamos reconocerlos durante el concierto mismo. Si bien Timberlake es el acto y nombre principal, no podría lograrlo sin el apoyo del equipo que tiene; y ellos también son protagonistas de la película, aportando energía y entusiasmo tan contagiosos que hacen al conjunto —no a la “estrella”— el foco de atención durante todo el metraje. Es, incluso, una manera de no sentirnos como meros espectadores que ven desde lejos, sino como parte de esa familia que disfruta y canta durante dos geniales horas. Eso sí, cada encuadre tampoco deja olvidar el enorme teatro y la multitud que canta al unísono, creando el coro más grande para la banda.

Justin Timberlake and the Tennessee Kids
Justin Timberlake + the Tennessee Kids

La cámara queda cuidadosamente colocada y se mueve con una sutil flotación encima del escenario mientras sigue los movimientos del cantante, de la banda y de los bailarines. El inmenso espectáculo de luces parece íntimo con los acercamientos e ingeniosos deslizamientos frente a cada rostro. El calentamiento inicial de la fabulosa Pusher Love Girl va de la oscuridad a la luz (de pequeño a grande; crescendo del sonido); hasta el cierre genial de SexyBack y Mirrors que culminan una noche de baile y de desinhibición permitida para todo el mundo (de grande a pequeño; la calma después de la fiesta). Cada detalle, del concierto mismo y del filme que vemos ahora, se nota cuidadosamente planificado, sin sentir cansancio de repetición o rigidez. El esfuerzo es genuino.

Los gritos despavoridos de la audiencia son bajados de tono para poder escuchar mejor al cantante, pero suben de intensidad para crear la atmósfera de grandiosidad, que podría ser para resaltar el espacio del teatro, pero aquí es con mejor visión de la acción principal; somos parte de ella. El espacio funciona de manera que no se repite un solo encuadre o movimiento. No se cansan ni la cámara ni los intérpretes.

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Justin Timberlake + the Tennessee Kids

Al final, lo que podría haber sido un concierto cualquiera, uno del montón que simplemente muestra la prepotencia del cantante sin ninguna razón de ser o sin creatividad visual, resulta en el espectáculo de conjunto musical y visual que puede alardear de ser, verdaderamente, una experiencia. Y por más que resulte en meras canciones y diversión, sí pretende contagiar la emoción y los sentimientos de JT y su banda con la fuerza y elegancia de las imágenes que el director edita magistralmente. Esas que quedan grabadas en la memoria visual, pero con el conjunto de las canciones bien seleccionadas, para la memoria auditiva, que pueden hacer hasta bailar desde el sillón de la casa.

Good night!

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