Finding Dory: de ida y vuelta al océano

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Por Sergio Beeche Antezana

 

Cuando se habla de las películas que produce Pixar Animation Studios, la característica que más resalta a la vista son los colores. El brillo y alegría que emanan los tonos que se basan en la realidad, pero son realzados para crear el mundo imaginado de cada especial filme que estrena la creativa compañía; hasta el más flojo (*ejem* Cars 2) es un colorido espectáculo en figuras y colores que se desenvuelven en pantalla.

Ahora llega una secuela que no necesitaba existir: Finding Dory (Buscando a Dory), trece años después del estreno de la tan popular Finding Nemo. Porque la calidad de los últimos proyectos Pixar no había terminado de convencer, al enfocarse en continuaciones de las pequeñas joyas que dieron el origen y las ideas originales del mundo creado que encantaron tanto. Y algo así sucede con esta nueva secuela. Mientras que la magia sigue ahí y cada parte funciona bien como película, el enganche de los colores, por primera vez, no es el mismo. En especial porque el océano ya no es el escenario principal.

Con Finding Dory, la estructura de la historia es clara, concisa y llevada con precisión durante todo el metraje. Las mentes creativas de Pixar saben planear a la perfección lo que se contará, para, así, no utilizar los recursos por computadora innecesariamente (el asunto también es económico). Al estructurar la nueva aventura con personajes conocidos y la introducción de los recién llegados, que le agregan vida a un mundo que ya conocemos, se expande y viaja a otros lugares para que dé paso a la profundización de la que ahora es el personaje principal en busca de sus padres, perdidos desde la infancia. Lastimosamente, la aventura nos lleva fuera del océano; y aunque los amigos encontrados son geniales, no terminan de ser meras figuras de relleno (el pulpo Hank es genial, ¡pero pudo ser extra genial!).

De alguna manera, las bromas visuales y de guion funcionan mejor que en cualquier otra película del estudio. Es esa facilidad para que los pequeños disfruten más y para que los grandes encuentren una sonrisa o dos en el predecible humor animado, no hay fallo ahí. Pero en ese mismo aspecto está la mayor debilidad de Dory, ante la continuación inmediata de Nemo: la profundidad del tema no deja de ser poca, donde el mensaje es de encontrar el verdadero hogar al que se pertenece, aunque esté frente a los ojos. Concepto que no deja de sentirse poco aprovechado ante los logros que Pixar lleva a cabo; en especial, una revelación en el tercer acto que termina siendo un poco forzada ante la línea narrativa que resulta casi una salida fácil, sin mucho impacto.

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Aún así, Finding Dory transcurre como el océano mismo: fluida, refrescante y sencilla, solo que sin los detalles de la profundidad marina de la anterior (evitando caer en comparaciones), ahora recordada por su vastedad en color que aquí, de alguna manera, sucede más en tierra firme que en el burbujeante fondo azul, donde nosotros también podemos flotar.

Y ojo: les queda de advertencia llegar temprano para que puedan ver el acostumbrado corto que se muestra antes de cualquier largometraje Pixar. Piper: el cuento de una ridículamente tierna gaviota que desea comer, y al estar ya grande, debe alcanzarlo sola, acercándose a la vasta amenaza que alberga su alimento: las olas de la costa del mar. Piper funciona como si fuera la transición perfecta entre este y el ingreso al océano mismo con Dory. ¡Pero qué buen corto lograron crear aquí!; el mejor en años, me atrevo a decir. Excelente. Lástima que Dory no tiene toda esa sencillez y chispa especial que esos primeros cinco minutos dejan al espectador.

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 Calificación: 7

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