Room abre el espacio —y el encuadre— para crecer

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Por Sergio Beeche Antezana

 

Cuando uno va a ver películas, al oscurecerse las luces de la sala o colocarse los audífonos en las orejas, uno se adentra en un mundo nuevo, un mundo imaginado y lleno de sorpresas, por más que algo esté basado en hechos reales y se sepa, de una u otra manera, el final. Esos mundos son más envolventes que nunca cuando la película está bien hecha, sea en aspectos técnicos o en el cómo desarrolla la historia; mientras más atrapante, mejor será y gustará al espectador. Al final, el pequeño mundo pone la pantalla en negro y finaliza su viaje; debemos volver a nuestra realidad. Algo así sucede con Room (2015), de la mano del buen director irlandés Lenny Abrahamson, de quien conocemos dos filmes anteriores suyos: la muy buena Frank (2014) y la excelente What Richard Did (2012).

En este nuevo filme, Joy y Jack están atrapados. No pueden salir de Room (la habitación donde viven); es el espacio que deben compartir, el mundo en el que deben vivir, el universo que deben crear y reinventar día a día para poder sobrevivir. Así, en esas cuatro paredes, se desarrolla la primera mitad de la película, donde ninguna escena es repetitiva en el mismo espacio y nunca se sabe la verdadera dimensión del lugar. Esto porque seguimos el ojo protagonista de Jack, su sentido de seguridad, sus impresiones y miedos que el director captura con la cámara a la perfección, sea en la tranquilidad de los interiores o en el imponente exterior. Aquí hay un estudio de personajes interesante y cuidadoso, donde cada diálogo nos adentra más a las dos personalidades y las imágenes ayudan a comprender los estados de ánimo extremos y leves.

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Luego, como si fuera el segundo acto de una obra de teatro, se da el escape de las cuatro paredes, pero Room, el lugar, sigue estando latente en el interior de Joy y de Jack. La salida física del encierro es más fácil que la salida emocional de ese que fue su hogar durante tanto tiempo. Ahí, si un conflicto queda inconcluso es porque al mundo de Jack no se le permite ver todo lo malo, aunque sea inevitable: él nos muestra sus experiencias e impresiones que vive por ser parte de la historia particular que le rodea. Resalta, de nuevo, la genial mano de Abrahamson en sus encuadres y movimientos de cámara distanciada, asustada, infantil.

Sin el buen guion que tiene Room, o las actuaciones de primera, la fuerza de la narrativa dramática no sería lo mismo. Con sus personajes secundarios muy bien encarnados y definidos: Sean Bridgers, Tom McCamus, excelente Joan Allen y el agradable William H. Macy. Pero Abrahamson sabe dirigir con delicadeza y maestría a Brie Larson y a Jacob Tremblay. Dos actuaciones increíbles que llevan el filme a sus puntos más altos, en especial Tremblay que es nuestro novato narrador. Agregando el buen uso de la adecuada música y una fotografía bien lograda desde la primera parte (durante el encierro) y hasta el final (que la toma final abre el espacio al máximo).

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En esencia, Room es sobre el cambio; la salida de la zona de confort. El alejarse, a pesar de los horrores, de la comodidad y la burbuja en la que viven sus personajes. En la seguridad y propia realidad creada, más en el interior de los dos protagonistas que en el exterior donde viven, en la posibilidad de acepar ese cambio y ser parte de él, aprender a sobrellevarlo con el tiempo.

Pero además, es sobre la relación de una madre con su hijo, la protección que ella cree que es la mejor, cuando no se ha dado un desapego de los horrores que se vivieron mientras estaban encerrados. Entonces, el aprender a dejar ir, las primeras experiencias y las nuevas relaciones están presentadas sutilmente pero encapsuladas en momentos de transición y dolor, con la esperanza de que todo puede volver a un núcleo al que se le pueda llamar hogar. Que entre tanto sufrimiento, hay luz al final del túnel.

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Por tanto, como cuando termina una película —que la pantalla se pone en negro—, Room deja esa sensación, al enfrentarnos al cambio, de poder reconocer la realidad en la que se vivió, aceptarla y seguir adelante, y así, tener el espacio para crecer en ese cruel, inmenso y fascinante lugar que es nuestro mundo.

 

Calificación: 9

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